CAPITULO 7:EL PESO DEL LUNES
El lunes llegó con el rugido de las sirenas de las fábricas y el frío húmedo que solo el puerto sabe exhalar. Elías se levantó antes de que el primer rayo de sol tocara el cristal sucio de la ventana. El sofá, aunque incómodo, se había convertido en su puesto de guardia. Sus articulaciones protestaban, recordando cada viga de hierro del turno anterior, pero el temblor de sus manos era casi imperceptible. La batalla contra la abstinencia estaba entrando en una fase de calma tensa, una tregua que su voluntad no pensaba romper.
En la cocina, preparó un café ralo con los últimos granos que quedaban. El silencio en la casa era distinto al de hace una semana; ya no era un silencio cargado de electricidad estática y miedo, sino uno de expectativa. Antes de salir, dejó sobre la mesa diez dólares de los que le quedaban, junto a una nota breve: "Para lo que haga falta. Volveré tarde".
Caminar hacia el muelle 4 se sentía como ir a la guerra. Los vecinos que antes lo esquivaban ahora lo observaban con una curiosidad morbosa. El rumor de su encuentro con los hombres de Moretti ya había infectado las esquinas. En este barrio, ser valiente era tan peligroso como ser un cobarde, porque la valentía atraía la atención de los que mandan.
Al llegar, Miller lo esperaba con los brazos cruzados. Su mirada era más dura de lo habitual.
—Castro —dijo el capataz, haciendo una señal para que se acercara a su oficina de madera—. He oído cosas. Cosas que no me gustan. Dicen que andas usando mi nombre para espantar a las ratas del Turco.
Elías no parpadeó. Sabía que este momento llegaría.
—No usé tu nombre para asustarlos, Miller. Lo usé para decirles la verdad: que estoy trabajando para ti y que voy a cumplir con mis deudas trabajando, no robando ni bebiendo. Si el Turco cree que interferir con tu gente es una buena idea, eso es cosa suya. Pero yo voy a estar aquí cada mañana.
Miller escupió un poco de tabaco al suelo y guardó silencio. Elías podía ver los engranajes girando en la cabeza del hombre. Finalmente, Miller soltó un gruñido.
—Si el Turco viene aquí a interrumpir la carga, te tiraré al mar yo mismo. Pero si trabajas como lo has hecho estos días, no dejaré que nadie saque a un hombre de mi muelle sin mi permiso. Hoy toca el carguero de madera. Es pesado, resbaladizo y el turno es de doce horas. Muéstrame que vale la pena protegerte.
El turno fue un castigo físico que llevó a Elías al límite de lo que el cuerpo de Arturo podía soportar. Los troncos de pino, empapados por la humedad del viaje, eran traicioneros. Sus hombros se sentían como si estuvieran siendo desgarrados, y el sudor frío le empapaba la nuca. A mitad del día, la visión se le nubló por el agotamiento, pero cada vez que el cuerpo le pedía rendirse, Elías visualizaba la mirada de Santi cuando lo llamó "Papá".
Esa palabra era su ancla. No era solo una redención espiritual; era una responsabilidad biológica que ahora habitaba en sus huesos.
Al final del día, sus manos estaban cubiertas de astillas y sangre seca, pero el cargamento estaba vacío. Miller se acercó y le puso cuarenta dólares en la mano.
—Mañana es el gran día, ¿no? —preguntó Miller con una voz más baja—. El miércoles es cuando Moretti espera su tributo. Ten cuidado, Castro. Ese tipo no tiene honor, solo intereses.
—Lo sé, Miller. Gracias.
De regreso a casa, Elías no compró comida de lujo. Compró lo básico: legumbres, leche y algo de carne barata para un estofado. Al entrar en el portal, vio a una figura conocida esperándolo en las sombras. Era Pablo "El Tuerto".
—Moretti aceptó —susurró Pablo, acercándose—. El miércoles a las diez de la noche en el almacén de la calle diez. Irá solo con el Rata. Pero Arturo... ten cuidado. El Turco no quiere el dinero tanto como quiere tu sumisión. Si ve que no puede quebrarte, buscará algo que sí pueda romper.
Elías asintió, sintiendo un peso frío en el estómago. Sabía exactamente a qué se refería Pablo. Moretti no buscaría pelear con el hombre que derrotó al Gorila; buscaría la debilidad que Arturo había dejado expuesta durante años: su familia.
Al entrar en el apartamento, el olor a estofado ya inundaba el lugar. Elena estaba cocinando con lo que él había dejado por la mañana. Santi estaba sentado en el suelo, jugando con el coche que Elías había arreglado. Por un momento, la escena parecía la de una familia normal, una que no vivía bajo la sombra de un prestamista asesino.
—Miller me ha dado un extra hoy —dijo Elías, dejando los cuarenta dólares sobre la mesa—. Guarda treinta. Es para Moretti. Mañana conseguiré el resto.
Elena lo miró, y por primera vez, se acercó a él. No lo tocó, pero la distancia entre ellos ya no era un muro, sino un velo fino.
—No tienes que morir por nosotros, Arturo —dijo ella en voz baja—. Si esto es demasiado... podemos irnos.
Elías negó con la cabeza mientras se lavaba el polvo del puerto en el fregadero.
—Si huimos, siempre estaremos huyendo, Elena. Es hora de dejar de correr. Es hora de que este barrio sepa que los Castro no son víctimas de nadie.
Santi levantó la vista y sonrió al ver a su padre. Elías le devolvió la sonrisa, aunque por dentro sabía que el miércoles sería el día más largo de su nueva vida. La sincronización del sistema vibró en su mente: 40%. La fuerza estaba volviendo, pero el peligro crecía a la misma velocidad.