CAPITULO 5:EL PRECIO DEL SILENCIO
El eco de las amenazas del Rata aún vibraba en el pasillo cuando Elías regresó al interior del apartamento. La adrenalina empezaba a descender, dejando tras de sí un rastro de agotamiento que hacía que sus huesos pesaran como el plomo. Elena seguía de pie junto a la mesa de la cocina, con la mirada fija en la puerta, como si esperara que los matones la atravesaran en cualquier momento. Sus hombros estaban rígidos, y la mano con la que sostenía el trapo de cocina temblaba imperceptiblemente.
—No volverán hoy —dijo Elías, su voz sonando más calmada de lo que él mismo se sentía—. He ganado tiempo, pero necesito un plan. Moretti no es alguien que olvide una humillación, y menos cuando se la inflige alguien a quien consideraba un cero a la izquierda.
Elena bajó la vista hacia las manos de Elías. Los nudillos estaban hinchados y la venda de su palma se había teñido de un rojo oscuro tras el golpe al gigante. El contraste entre la brutalidad de la herida y la serenidad de sus movimientos la tenía en un estado de confusión constante.
—¿Dónde aprendiste a hacer eso? —preguntó ella en un susurro cargado de sospecha—. Arturo... tú siempre peleabas como un animal acorralado. Gritando, balanceando los brazos sin control, buscando cualquier cosa para golpear. Lo de fuera... eso no fue una pelea de bar. Parecía que sabías exactamente dónde golpear antes de que él siquiera moviera un dedo.
Elías guardó silencio un segundo, buscando una respuesta que no revelara su verdadera naturaleza. No podía decirle que su alma venía de un lugar de luz y disciplina, ni que su voluntad ahora gobernaba los nervios de un hombre violento con una precisión quirúrgica.
—Cuando tocas fondo, Elena, aprendes a observar —respondió finalmente, mientras se acercaba al fregadero para limpiar la sangre—. Aprendes que el miedo del otro es tu única ventaja. No quiero volver a ser el hombre que usa sus manos para destruir la paz de esta casa. Pero si tengo que usarlas para que nadie cruce ese umbral con malas intenciones, lo haré. No te quepa duda.
Elías sintió una punzada en la sien. El cuerpo de Arturo estaba usando el estrés del combate para intentar doblegar su voluntad, enviándole señales de ansiedad que solo una botella de alcohol parecía capaz de calmar. Pero Elías respiró hondo, cerrando los ojos hasta que la sensación de náusea pasó. Sabía que no podía enfrentarse a toda la organización de Moretti solo con sus manos. Necesitaba información y, sobre todo, necesitaba que el barrio dejara de verlo como el borracho local y empezara a verlo como alguien a quien respetar o, al menos, temer.
Santi asomó la cabeza por el marco de la puerta. Sus ojos, antes llenos de un terror que le partía el alma a Elías, ahora mostraban una curiosidad cautelosa. El niño había visto la sombra de su padre en el pasillo defendiendo el territorio, pero no había escuchado los gritos desgarradores ni el sonido de los muebles rotos que solían acompañar las borracheras de Arturo.
—¿Papá? —llamó el pequeño, su voz apenas un hilo de esperanza y duda.
Elías se congeló. La palabra le dolió más que el tajo en su mano. Él no era el padre de ese niño, pero en este mundo y en este momento, era el único escudo que el pequeño tenía. Se puso a su altura, ignorando el crujido de sus rodillas y el dolor de su espalda tras las jornadas en el puerto.
—Todo está bien, Santi. Solo eran unos hombres que se habían equivocado de dirección. No volverán a molestarnos —dijo Elías, forzando una sonrisa que intentaba transmitir una seguridad que aún estaba construyendo—. Vuelve a jugar. Mañana... mañana te llevaré al parque un rato antes de ir al trabajo. Te lo prometo.
El niño asintió, visiblemente aliviado, y volvió a sus juguetes. Elena, por primera vez, no apartó la mirada cuando Elías se levantó. Había una chispa de algo nuevo en sus ojos; no era perdón, estaba muy lejos de eso, pero era una tregua. Era el reconocimiento de que el monstruo que habitaba su casa se había convertido en un guardián.
—Tengo que salir —declaró Elías, agarrando su chaqueta gastada que todavía olía a salitre—. Hay un hombre en el muelle, un viejo estibador llamado Pablo. Arturo le debía muchos favores y compartieron muchas noches de mala vida. Si alguien sabe cómo razonar con Moretti o qué hilos mover antes de que envíe a un escuadrón a cobrarse la afrenta, es él.
—Arturo, ten cuidado —dijo Elena. Fue la primera vez que usó su nombre sin que sonara a una condena a muerte o a un insulto.
Elías asintió solemnemente y salió a la noche fría de los suburbios. Caminó por las calles mal iluminadas, sintiendo cómo los ojos de los vecinos lo seguían desde detrás de las cortinas. Los rumores corrían como la pólvora en los barrios marginales; todos sabían ya que Arturo Castro no solo estaba sobrio, sino que había puesto de rodillas al Gorila sin despeinarse.
Mientras caminaba hacia la zona de los bares del puerto, Elías sentía la vibración de su nueva misión. No era Arturo Castro el que caminaba por esas calles oscuras con paso firme; era un hombre que ya había muerto una vez y que no tenía ninguna intención de dejar que la oscuridad ganara esta segunda oportunidad. La redención requería coraje, y él estaba dispuesto a pagar el precio en sudor o en sangre.
Llegó a la taberna El Ancla, un lugar donde el humo era tan espeso que se podía cortar y el olor a cerveza rancia era casi insoportable. Se detuvo en la puerta, respirando hondo, sintiendo cómo el cuerpo de Arturo saboreaba el aire, pidiendo entrar y perderse en el olvido. Entrar allí sería la prueba definitiva de su voluntad de acero.
—Un paso a la vez —susurró para sí mismo, apretando los puños vendados—. Por Elena. Por Santi.
Empujó la puerta de madera astillada y el silencio cayó sobre el bar como una losa de cemento. Todas las cabezas, desde los marineros borrachos hasta los buscavidas locales, se giraron al unísono. Arturo Castro había vuelto al lugar de sus pecados, pero por la forma en que caminaba, la rectitud de su espalda y la intensidad glacial de su mirada, todos supieron de inmediato que no venía a buscar el fondo de una botella, sino algo mucho más peligroso: respeto.
Se dirigió directamente al fondo, donde un hombre con un parche en el ojo y las manos deformadas por la artritis bebía en soledad. Pablo "El Tuerto" lo miró subir la banqueta, y una sonrisa amarga cruzó su rostro curtido por mil tormentas.
—Dicen que los muertos no regresan, Arturo —dijo Pablo con una voz que sonaba a grava triturada—. Pero a ti te veo más vivo que nunca. ¿Vienes a pagarme lo que me debes o a buscar una tumba más profunda?
—Vengo a pedirte un consejo, Pablo —respondió Elías, ignorando el vaso de whisky que el barman puso frente a él por costumbre—. Y vengo a asegurarme de que Moretti entienda que las reglas del juego han cambiado en este barrio.