CAPITULO 3:EL SUDOR Y LA REDENCION
A las 5:15 AM, Elías ya estaba en pie. No había comida para un desayuno robusto, así que bebió abundante agua del grifo para engañar al estómago y salió hacia los muelles. El barrio aún dormía bajo una neblina azulada y fría. Mientras caminaba, algunos vecinos que sacaban la basura o se dirigían a sus turnos de limpieza lo miraban de reojo. Algunos se cruzaban de acera; otros, simplemente bajaban la cabeza con un desprecio mal disimulado. Elías no los culpaba. Para ellos, él era el borracho que golpeaba paredes y gritaba a medianoche.
Al llegar al muelle cuatro, Miller ya estaba allí, con un termo de café en la mano y una libreta de anotaciones.
—Llegas temprano, Castro —gruñó el capataz sin levantar la vista—. Pensé que hoy te quedarías en la cama llorando por las agujetas.
—Dije que vendría —respondió Elías, ajustándose los guantes de lona desgastados que había encontrado en el cobertizo de su casa.
—Hoy no hay sacos de cemento. Hoy toca descargar el flete de chatarra del "Argos". Es metal sucio, cortante y pesado. Si te cortas, asegúrate de tener la vacuna del tétanos al día, porque no quiero accidentes en mi turno.
El trabajo era, si cabe, más brutal que el del día anterior. Elías pasó las siguientes diez horas cargando vigas de hierro retorcidas y bloques de motor oxidados. El peso del metal se hundía en sus hombros, y el óxido se le metía bajo las uñas y en los poros de la piel. A mitad del día, el sol de mediodía empezó a castigar el puerto, convirtiendo el muelle en un horno.
Sus manos, ya heridas por el cristal de la noche anterior, empezaron a sangrar bajo los guantes. Cada vez que agarraba una pieza de hierro, un gemido de dolor intentaba escapar de su garganta, pero Elías lo ahogaba. Se imaginaba a sí mismo como un herrero forjando una nueva alma en el yunque del trabajo físico.
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ESTADO DEL CONTENEDOR: AGOTAMIENTO SEVERO
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> Fatiga Muscular: ALTA
> Integridad Cutánea: COMPROMETIDA (Laceraciones en manos)
> Sincronización del Alma: 25%
> Nota: El cuerpo está empezando a aceptar la
ausencia de toxinas, pero la debilidad es crítica.
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Cerca de las cuatro de la tarde, ocurrió el primer incidente. Uno de los estibadores, un tipo llamado "El Ruso" que solía beber con el antiguo Arturo, se le acercó durante un breve descanso.
—Eh, Arturo. Me han dicho que te has vuelto un santo —dijo El Ruso, ofreciéndole una petaca de metal que apestaba a ginebra barata—. Toma un trago, hombre. Te tiemblan las manos como a una vieja. Esto te pondrá derecho para terminar el turno.
El olor del alcohol golpeó el cerebro de Elías como un disparo. Sus glándulas salivales reaccionaron de inmediato. El cuerpo de Arturo, condicionado por años de abuso, suplicaba por ese líquido. Por un segundo, Elías vio la petaca como el único alivio posible para el dolor que le recorría la espalda.
—No —dijo Elías, apartando la mano del hombre. Su voz era un susurro seco—. No quiero.
—No te hagas el importante con nosotros. Mañana estarás tirado en la zanja de nuevo —se burló El Ruso, guardando la petaca—. Disfruta de tu miseria, entonces.
Elías volvió al trabajo. Cada viga de hierro que cargaba después de eso se sentía como una victoria personal. Al final del turno, Miller se le acercó y, sin decir palabra, le entregó treinta dólares.
—Mañana descansamos, es domingo —dijo Miller—. Pero el lunes te quiero aquí. Si vuelves así de sobrio, te pondré en el equipo fijo de carga pesada. Paga mejor.
—Gracias, Miller. Estaré aquí.
De regreso a casa, Elías pasó por la farmacia. Compró desinfectante, vendas y una pomada para las quemaduras de óxido. Luego, en el mercado, compró un pollo pequeño, patatas, cebollas y un poco de fruta. Gastó casi todo lo que había ganado, pero no le importó.
Al entrar en el apartamento, el silencio habitual lo recibió. Sin embargo, la mesa de la cocina estaba limpia. Elena había fregado los platos y ordenado la alacena. Elías dejó la bolsa de comida sobre la encimera y se sentó en la silla, exhalando un suspiro de puro cansancio.
—Elena —llamó suavemente.
La puerta de la habitación se abrió unos centímetros. Elena lo observó, notando su ropa manchada de óxido y las vendas improvisadas en sus manos.
—He traído pollo. Y algo para las heridas —dijo Elías, señalando las bolsas—. Voy a limpiar el baño y luego me iré a dormir al sofá. Podéis usar la cocina tranquilos.
—¿Por qué haces esto? —preguntó ella por primera vez. No había miedo en su voz ahora, sino una confusión profunda—. Arturo nunca traía comida dos días seguidos. Si tenía dinero, se lo gastaba antes de cruzar la puerta del barrio.
Elías la miró a los ojos. Por un momento, quiso contarle la verdad: que el hombre que la lastimó ya no habitaba ese cuerpo. Pero sabía que eso sonaría a locura.
—Porque me cansé de ser un monstruo, Elena —respondió con una sinceridad que la dejó muda—. No espero que me perdones. Solo quiero que Santi no tenga que esconderse bajo la cama nunca más.
Elena no respondió, pero esta vez no cerró la puerta de inmediato. Se quedó observando cómo Elías, con movimientos lentos y dolorosos, empezaba a pelar las patatas para preparar la cena.
Aquella noche, mientras el pollo se asaba en el horno viejo, el olor a hogar inundó el apartamento. Santi salió de la habitación, atraído por el aroma. Se sentó a la mesa, mirando a Elías con curiosidad. Elías le sonrió, una sonrisa cansada pero genuina. El niño no se escondió.
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PROGRESO DE MISIÓN: RECONSTRUCCIÓN DE VÍNCULOS
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> Seguridad Familiar: AUMENTANDO.
> Respeto Propio: RESTAURADO.
> Obstáculo: Deuda pendiente detectada (El Turco).
> Advertencia: Los antiguos pecados de Arturo no se
pagan solo con sudor. El pasado vendrá a cobrar.
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Elías se durmió esa noche con la sensación de que, por primera vez, estaba ganando terreno. Pero en sus sueños, una sombra oscura con el rostro de un prestamista lo observaba desde la esquina de la calle. Sabía que la redención de Arturo Castro no sería tan fácil como trabajar duro en los muelles. Había deudas de sangre y dinero que el alma de Elías tendría que enfrentar muy pronto.