CAPITULO 2:EL PRIMER DIA DEL RESTO DE UNA VIDA
La luz de la mañana no trajo consuelo, sino una claridad despiadada sobre la magnitud del desastre. Elías caminó por el pequeño pasillo, evitando pasar cerca de la puerta de Elena para no asustarla. En el baño, el espejo le devolvió una imagen que le revolvió el estómago: los ojos inyectados en sangre de Arturo parecían juzgarlo. Se afeitó con una cuchilla oxidada, ignorando los cortes, y se lavó el pelo con un trozo de jabón de pastilla hasta que el olor a rancio desapareció.
Necesitaba dinero. Necesitaba comida. Y lo necesitaba antes de que el niño se despertara con hambre.
Registró los cajones de un mueble viejo en la entrada. Entre facturas de luz sin pagar y boletos de apuestas perdidas, encontró una pequeña llave de metal. Un recuerdo de Arturo cruzó su mente como un relámpago: la llave de un pequeño casillero en los muelles del puerto, donde solía trabajar antes de que el alcohol lo convirtiera en un paria.
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SISTEMA DE REDENCIÓN: OBJETIVOS DIARIOS
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> Objetivo 1: Obtener sustento para la familia.
> Objetivo 2: Conseguir empleo manual.
> Advertencia: El nivel de energía es del 10%.
El contenedor corre riesgo de síncope si no consume
nutrientes pronto.
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Elías salió de la casa sin hacer ruido. El aire fresco de la mañana le sentó como un bálsamo, aunque el temblor en sus manos persistía. Caminó casi tres kilómetros hasta la zona portuaria. Los muelles eran un hormiguero de hombres rudos, grúas chirriantes y el olor penetrante a salitre y gasoil.
Al llegar al puesto de control, el capataz, un hombre robusto llamado Miller con una cicatriz que le cruzaba la ceja, le impidió el paso con un brazo de hierro.
—¿Otra vez aquí, Castro? —escupió Miller con desprecio—. La última vez te presentaste borracho y casi haces que una carga de dos toneladas aplaste a un compañero. Vete a casa antes de que te rompa la cara yo mismo.
Elías no bajó la mirada. No hubo el destello de ira violenta que Arturo solía mostrar. En su lugar, hubo una humildad digna que dejó a Miller descolocado.
—No he bebido, señor Miller. Y no voy a beber —dijo Elías. Su voz era firme, a pesar de la debilidad del cuerpo—. Necesito trabajar. Haré los turnos dobles si es necesario. Cargaré lo que nadie más quiera cargar. Solo deme una oportunidad para demostrar que... que el hombre que conocía ha muerto.
Miller lo observó durante un largo minuto. Buscó el rastro de la mentira en sus ojos, pero solo encontró una determinación gélida.
—Hay un cargamento de sacos de cemento en el muelle cuatro. El elevador se ha roto y hay que moverlo a mano antes de que llegue la lluvia esta tarde. Nadie quiere ese trabajo, Castro. Es un trabajo de mulas. Si te desmayas o te detienes, estás fuera para siempre. Sin paga.
—Acepto —respondió Elías.
Las siguientes seis horas fueron un descenso al infierno físico. Cada saco de cemento pesaba cincuenta kilos. Elías sentía que sus pulmones iban a estallar y que sus vértebras crujían bajo la presión. El sudor le cegaba los ojos y el polvo de cemento se mezclaba con su transpiración, creando una pasta gris sobre su piel. A mitad del turno, el hambre y la deshidratación le provocaron una visión borrosa, pero cada vez que sentía que sus piernas iban a ceder, la imagen de Santi llorando en el rincón de la cocina aparecía en su mente.
"Por ellos", se repetía. "No por mí, sino por ellos".
Cuando el último saco fue depositado en el almacén, Elías se desplomó contra una columna de madera. Sus manos estaban en carne viva y su espalda era un mapa de dolor ardiente. Miller se acercó, lo miró de arriba abajo con una mezcla de sorpresa y respeto reacio, y le lanzó un sobre pequeño.
—Toma. Son veinte dólares. Es menos de lo que marca el convenio, pero es más de lo que creía que aguantarías. Mañana a las seis de la mañana. Ni un minuto tarde, Castro.
Elías tomó el sobre. No se quejó por la paga injusta; para él, esos veinte dólares eran el primer ladrillo del templo que iba a reconstruir.
De camino a casa, se detuvo en una pequeña tienda de ultramarinos. Compró una docena de huevos, un litro de leche fresca, una hogaza de pan crujiente, un par de manzanas y una bolsa de legumbres. Le sobraron tres dólares, que guardó en el bolsillo como si fueran oro.
Al entrar en la casa, el olor a cerrado seguía allí, pero el ambiente se sentía distinto. Se acercó a la puerta de la habitación y llamó suavemente.
—Elena... —dijo, tratando de suavizar la voz—. He traído comida. Está en la mesa. Voy a ducharme. Por favor, comed.
Se retiró al baño para quitarse el cemento y la mugre. Mientras el agua fría golpeaba su cuerpo, escuchó el sonido de la puerta de la habitación abriéndose con cautela. Escuchó los pasos pequeños de Santi y el susurro de Elena al ver la comida. Por primera vez en ese cuerpo, Elías sintió una chispa de calor en el pecho que no provenía de la fiebre de la abstinencia.
Cuando salió del baño, secándose con una toalla vieja, vio a Santi sentado a la mesa, devorando un trozo de pan con una desesperación que le rompió el corazón. Elena estaba de pie junto a la ventana, observándolo con una sospecha infinita.
—¿De dónde has sacado el dinero? —preguntó ella, con la voz plana—. ¿A quién le has robado, Arturo?
—He trabajado en el puerto, Elena. Miller me dio un turno —respondió él, sentándose en la silla más alejada para no invadir su espacio—. No he robado nada. Y mañana volveré a ir.
Elena no respondió. No hubo palabras de agradecimiento ni sonrisas. Elías no las esperaba. Sabía que la confianza no se compra con una docena de huevos tras años de terror. Pero mientras observaba a Santi comer, supo que el primer paso de la redención estaba consolidado.
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PROGRESO DE MISIÓN: ESTABILIZACIÓN BÁSICA
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> Nutrición Familiar: MEJORADA.
> Respeto Laboral: INCIPIENTE (Miller te observa).
> Estado de Abstinencia: CRÍTICO (El deseo de alcohol
aumentará durante la noche).
> Karma ganado: +50 puntos.
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Esa noche, el infierno volvió. El cuerpo de Arturo empezó a convulsionar en el sofá donde Elías había decidido dormir. Los temblores eran tan fuertes que sus dientes castañeaban. Tenía alucinaciones: veía botellas flotando en la oscuridad, sentía insectos imaginarios recorriendo su piel. El sudor empapaba la manta.
—Un minuto más —se decía a sí mismo, aferrándose al borde del sofá hasta que sus uñas se clavaron en la tela—. Solo aguanta un minuto más.
En mitad de la noche, una sombra se acercó. Era Elena. Llevaba un vaso de agua y una toalla mojada. No dijo nada. Le puso la toalla en la frente y dejó el agua en la mesita de café antes de volver a encerrarse en su habitación.
Elías lloró en silencio. No por el dolor, sino porque en ese pequeño gesto de una mujer herida, vio la primera grieta en el muro de odio que Arturo había construido. La redención era posible.