CAPITULO 6: EL PACTO DE LOS MUELLES
Pablo "El Tuerto" observó el vaso de whisky intacto frente a Elías con una mezcla de fascinación y escepticismo. En ese antro, donde las promesas se ahogaban en alcohol, ver a Arturo Castro rechazar una copa era como ver a un lobo ignorar un trozo de carne fresca. El viejo estibador soltó una carcajada ronca que terminó en una tos seca, sacudiendo sus hombros cargados de años de estiba y malas decisiones.
—Moretti no es un hombre de consejos, Arturo —dijo Pablo, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de su mano nudosa—. Es un hombre de números. Y tus números están en rojo, muy rojo. Mandar a sus perros a tu casa fue solo el aviso de cortesía. El Turco no permite que nadie le falte el respeto, y mucho menos un borracho que de repente cree que es un caballero.
Elías se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la barra pegajosa. El olor a ginebra que emanaba de Pablo intentaba trepar por sus fosas nasales, provocando un eco de deseo en su cerebro, pero lo aplastó con una frialdad mental absoluta.
—Dile que el "borracho" ya no existe —respondió Elías, con una voz que cortaba el ruido de fondo de la taberna—. Dile que estoy trabajando en el puerto, bajo las órdenes de Miller. Mañana tendré el primer pago serio, pero necesito que Moretti mantenga a sus hombres alejados de mi familia. Si me tocan, no quedará nadie para pagar la deuda. Y si intentan algo más, el puerto se enterará de que el Turco está asustando a los trabajadores de Miller. Sabes que a Miller no le gusta que interfieran con su gente.
Pablo dejó de sonreír. El nombre de Miller tenía peso en la zona portuaria; era de los pocos hombres que no le rendían cuentas a Moretti y que tenían suficiente fuerza para causar problemas reales en las rutas de contrabando del Turco.
—Estás usando a Miller como escudo —susurró Pablo, entornando su único ojo—. Es una jugada peligrosa, Arturo. Si Miller se entera de que estás usando su nombre para saldar tus deudas de juego, él mismo te tirará al agua con bloques de cemento en los pies.
—No es un escudo si cumplo con mi trabajo —replicó Elías—. Y lo estoy cumpliendo. Dile a Moretti que nos reuniremos el miércoles en el almacén de la calle diez. Solo él y yo. Sin matones. Le daré el primer pago y un plan para saldar el resto.
Pablo lo estudió durante un largo rato. Había algo en la postura de Arturo, una rectitud casi militar, que no encajaba con el hombre que solía llorar por una moneda para el próximo trago. El viejo estibador suspiró y asintió lentamente.
—Hablaré con él. Pero no te garantizo nada. Si no apareces el miércoles con el dinero y una buena razón para que no te rompa las piernas, ni el mismísimo Miller podrá salvarte.
Elías se levantó de la banqueta sin tocar el vaso. Al salir de "El Ancla", el aire frío de la noche le pareció el perfume más puro del mundo. Caminó de regreso a casa, pero no fue por la ruta principal. Su instinto, agudizado por la nueva sincronización con el sistema, le advirtió que lo seguían.
Dobló en un callejón estrecho, entre dos edificios de ladrillo visto que olían a basura y humedad. Se detuvo en la oscuridad, pegando la espalda a la pared y regulando su respiración. Unos segundos después, una sombra se asomó por la esquina. Era uno de los habituales del bar, un tipo flaco apodado "El Sombra", conocido por ser los ojos y oídos de los pequeños delincuentes del barrio.
Antes de que el tipo pudiera reaccionar, Elías salió de la oscuridad y lo agarró por el cuello de la chaqueta, levantándolo ligeramente del suelo.
—¿Moretti te envió tan pronto? —preguntó Elías, su mirada brillando con una intensidad peligrosa.
—¡No, no! —chilló el Sombra, pataleando—. Solo quería ver si era cierto... lo que dicen todos. Dicen que ya no bebes, que golpeaste al Gorila. Yo... yo solo tenía curiosidad.
Elías lo soltó con un gesto de desprecio. El tipo cayó al suelo y salió corriendo sin mirar atrás. Elías sabía que esto era solo el comienzo. La noticia de su cambio se estaba extendiendo como un incendio forestal, y en un lugar donde la debilidad se castiga con la muerte, su nueva fuerza atraería a depredadores más grandes que el Rata.
Al llegar al apartamento, encontró la luz de la cocina encendida. Elena estaba sentada a la mesa, esperándolo. No había miedo en su rostro esta vez, solo una fatiga infinita y una pregunta que no se atrevía a formular.
—Pablo hablará con él —dijo Elías antes de que ella preguntara—. Tenemos unos días.
—¿Por qué haces todo esto, Arturo? —preguntó Elena, su voz quebrada—. Podrías haber huido. Podrías haberte ido de la ciudad y dejarnos aquí con la deuda. Es lo que el Arturo que yo conocía habría hecho en cuanto se viera en problemas.
Elías se acercó a la mesa, pero se mantuvo al otro lado, respetando el espacio que todavía los separaba por un abismo de recuerdos amargos.
—Porque el Arturo que conocías murió el día que me desperté en ese suelo —respondió él, con una verdad que ella no podía comprender del todo—. Y el hombre que está aquí ahora no va a dejar que nadie os haga daño. Aunque tenga que pagar vuestras deudas con mi propia sangre.
Elena bajó la mirada a la mesa, donde todavía quedaban unas migas del pan que Santi había comido. Por primera vez, no sintió la necesidad de cerrar la puerta de la habitación con el pestillo.
—Mañana es lunes —dijo ella en voz baja—. Tienes que descansar si vas a volver al puerto. Te he dejado una manta limpia en el sofá.
—Gracias, Elena.
Esa noche, mientras Elías cerraba los ojos, el sistema parpadeó brevemente en su mente, como un susurro de luz en la oscuridad. El mensaje era claro: la sincronización había subido al 35%. Estaba empezando a reclamar no solo el cuerpo, sino el respeto de los que le rodeaban. Pero el miércoles estaba cerca, y el Turco no era un hombre que aceptara planes de pago sin cobrar un interés