CAPITULO 4:LA SOMBRA DE "EL TURCO"
Elías se puso en pie con lentitud. Sus manos, vendadas y todavía doloridas, se cerraron en puños por puro instinto defensivo. Miró a Elena, cuyos ojos se habían vuelto a inundar de ese terror líquido que él juró erradicar.
—Quédate con el niño en la habitación —dijo Elías, su voz bajando una octava, adquiriendo una firmeza de acero.
—Arturo... son ellos —susurró Elena, con el rostro pálido—. Son los hombres de Moretti. Dijeron que si no pagabas para este fin de semana, vendrían por los muebles... o por algo peor.
Elías asintió en silencio. Se dirigió a la puerta y la abrió. Frente a él, en el pasillo estrecho y mal iluminado, se encontraban dos hombres. Uno era delgado y vestía una chaqueta de chándal brillante; el otro era un muro de carne con el cuello tatuado y los nudillos pelados. El "Rata" y "El Gorila", los cobradores de confianza de un prestamista local conocido como El Turco.
—Vaya, vaya —dijo el Rata, mostrando unos dientes amarillentos en una sonrisa burlona—. El gran Arturo Castro. Nos dijeron que te habías vuelto un monje, pero parece que solo te estabas escondiendo. Moretti quiere sus ochocientos dólares, Arturo. Con intereses, ya sabes cómo funciona esto.
Elías salió al rellano y cerró la puerta a sus espaldas. No quería que Santi escuchara la conversación. La diferencia de altura con El Gorila era notable, pero Elías no retrocedió ni un milímetro.
—No tengo ochocientos dólares —dijo Elías con calma—. Tengo trabajo en el puerto. Puedo pagar cincuenta dólares a la semana hasta saldar la cuenta.
El Rata soltó una carcajada estridente que rebotó en las paredes desconchadas del edificio.
—¿Cincuenta dólares? ¿Te crees que esto es un banco, payaso? Moretti no quiere propinas. Quiere el dinero hoy. O, en su defecto... —miró hacia la puerta cerrada con una lascivia evidente—, podemos aceptar otras formas de pago que tu mujer podría proporcionar.
El aire en el pasillo pareció enfriarse diez grados. Elías sintió un rugido en su pecho. No era la rabia ciega de Arturo, era la indignación santa de un hombre que no permitiría que el mal tocara lo que estaba protegiendo.
—Vuelve a mencionar a mi familia —dijo Elías, su voz ahora era un susurro peligroso, cargado de una autoridad que hizo que incluso El Gorila frunciera el ceño— y te aseguro que ninguno de los dos saldrá de este edificio por su propio pie.
El Rata se tensó, sorprendido. El Arturo que conocían era un fanfarrón que lloraba o suplicaba cuando se veía acorralado. Este hombre tenía una mirada que quemaba, una mirada de alguien que ya no tiene miedo a morir porque ya sabe lo que hay al otro lado.
—¡Atrévete! —rugió El Gorila, lanzando un puñetazo directo a la cara de Elías.
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HABILIDAD PASIVA: REFLEJOS DEL MÁRTIR
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> Análisis: Golpe previsible. Trayectoria lineal.
> Acción: Esquiva lateral y contragolpe en plexo.
> Sincronización: 30% [Aumento de adrenalina].
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Elías movió la cabeza apenas unos centímetros, dejando que el puño del gigante pasara rozando su oreja. Antes de que El Gorila pudiera recuperar el equilibrio, Elías hundió su puño vendado justo debajo del esternón del matón. No fue un golpe de fuerza bruta, sino de precisión técnica. El aire abandonó los pulmones del gigante con un silbido agónico y este cayó de rodillas, luchando por respirar.
El Rata metió la mano en su chaqueta, buscando probablemente una navaja, pero Elías fue más rápido. Le agarró la muñeca con una fuerza que hizo crujir los huesos pequeños.
—Escúchame bien —dijo Elías, acercando su rostro al del Rata—. Dile a Moretti que le pagaré. Pero será bajo mis términos. Dile que si vuelve a enviar a dos perros a mi puerta para amenazar a mi mujer, iré yo mismo a buscarlo a su despacho. Y él sabe que yo no tengo nada que perder, pero él tiene mucho.
Soltó al Rata, quien retrocedió tropezando con su compañero caído. El miedo ahora era visible en sus ojos.
—¡Estás muerto, Castro! —gritó el Rata mientras ayudaba al gigante a levantarse—. ¡Moretti te va a colgar de un gancho de carne!
Los dos hombres bajaron las escaleras a trompicones. Elías permaneció en el pasillo hasta que escuchó la puerta del portal cerrarse con fuerza. El temblor en sus manos había vuelto, pero esta vez era por la descarga de adrenalina. Se apoyó contra la pared, cerrando los ojos.
—Maldita sea, Arturo —susurró—. ¿En qué líos te metiste?
Al entrar de nuevo en el apartamento, Elena estaba de pie en medio de la sala, sosteniendo un cuchillo de cocina. Al ver a Elías ileso, dejó caer el arma sobre la mesa.
—¿Se han ido? —preguntó ella, con la voz apenas audible.
—Se han ido. Pero volverán —respondió Elías, acercándose a ella. Se detuvo a una distancia prudencial—. Elena, necesito que confíes en mí una vez más. No voy a dejar que te toquen. Ni a ti ni a Santi. Voy a arreglar esto.
Elena lo miró largamente. Vio los nudillos ensangrentados de las manos de Arturo, pero también vio la calma en su rostro. Por primera vez en muchos años, no sentía que vivía con una bomba de relojería, sino con un escudo.
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PROGRESO DE MISIÓN: DEUDAS DE SANGRE
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> Amenaza Inmediata: NEUTRALIZADA.
> Reputación en los Bajos Fondos: CAMBIANDO.
> Alerta: Moretti no aceptará el desafío.
Se espera una escalada de violencia en 48 horas.
> Karma ganado: +100 puntos (Protección de la familia).
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Esa noche, Elías no durmió. Se quedó sentado en el sofá, vigilando la puerta. Sabía que el lunes en los muelles sería duro, pero la verdadera prueba de fuego llegaría cuando tuviera que enfrentarse cara a cara con El Turco. La redención de Arturo Castro no se ganaría solo con sudor en el puerto, sino con sangre en las calles.
Miró a Santi, que dormía plácidamente en la habitación de al lado, y apretó los dientes. No permitiría que ese niño heredara el mundo que su padre biológico había creado.