La medianoche no llegó con oscuridad, sino con el fulgor artificial de las luces de emergencia de Nova Chronos. El plan estaba en marcha. A lo largo del perímetro de la Academia, veinte figuras se movían entre las sombras como espectros. No eran guerreros de élite; eran mecánicos, estudiantes expulsados y descartes que habían aprendido a convertir la desesperación en una herramienta de precisión.
Kai lideraba la vanguardia, sus sentidos extendidos hasta el límite. A través del enlace mental que Lian había establecido con sus dispositivos, Kai veía el mapa de la torre no como una estructura física, sino como un esqueleto de líneas de maná.
—El sistema de enfriamiento está al 80% de capacidad —susurró Lian a través del comunicador—. Si sobrecargamos la entrada del conducto de servicio, el sistema central entrará en modo de purga de emergencia. Eso abrirá todas las compuertas blindadas durante exactamente 120 segundos. Es todo el tiempo que tenemos.
—Entendido —respondió Kai, deteniéndose ante una rejilla de ventilación colosal que liberaba un vapor gélido—. Mina, prepárate para el impacto. Cuando las compuertas se abran, la presión será brutal.
Mina asintió, su cuerpo rodeado por un aura naranja que distorsionaba el aire a su alrededor. Los descartes, nerviosos pero decididos, se alinearon detrás de ellos. Kai colocó su mano sobre el metal de la rejilla. No usó una llave, ni un código. Simplemente tocó la superficie y, mediante una sutil manipulación de las partículas de hierro, hizo que los remaches se desintegraran como si el metal hubiera sido corroído por siglos de tiempo en un solo segundo.
Se deslizaron por los conductos de servicio, un laberinto vertical de tuberías donde la temperatura bajaba drásticamente. Kai sentía cada vez más cerca la "firma" del vacío. No era un lugar; era un pulso.
—Estamos cerca —dijo Kai, su voz sonando más grave, casi sin matices emocionales—. El Nivel 12 está justo encima. Thorne está allí. Puedo sentir su miedo oculto bajo capas de arrogancia.
—¿Miedo? —cuestionó Lian—. Ese tipo es un psicópata con el poder de un ejército. ¿Qué podría temerle a él?
—La pérdida de control —respondió Kai—. Thorne cree que el Arconte es un perro que puede mantener encadenado. Pero el vacío no tiene dueño.
De repente, una alarma estridente resonó en todo el conducto. Una voz distorsionada, la de Thorne, inundó el canal de comunicaciones que Lian intentaba proteger.
«Bienvenidos, descartes. Estaba empezando a preocuparme de que la Criba no hubiera sido suficiente motivación. Pero veo que han decidido venir a la boca del lobo por su propia voluntad. Qué eficiencia tan admirable.»
—¡Lian, sal del sistema! —gritó Kai—. ¡Está trazando nuestra ubicación por tu señal!
—¡No puedo! ¡Ha bloqueado mi salida! —Lian tecleaba frenéticamente mientras las luces del conducto se tornaban de un rojo agresivo.
De las paredes del conducto comenzaron a salir torretas de defensa automática, desplegándose con una agilidad mecánica aterradora. Las armas cargaron energía, apuntando directamente al grupo.
—¡Mina, escudo! —ordenó Kai.
Mina se lanzó hacia adelante, su aura naranja expandiéndose hasta formar una barrera curva que recibió el impacto de diez disparos de plasma simultáneos. El metal del conducto crujió. La barrera de Mina comenzó a parpadear, las grietas formándose en el aura mientras la intensidad del fuego enemigo aumentaba.
—¡No puedo sostener esto por mucho tiempo, Kai! —gritó Mina, sus pies deslizándose sobre el metal por la fuerza del impacto.
Kai sabía que era el momento. No podía protegerlos con cálculos; tenía que protegerlos con su propia esencia. Se adelantó, saliendo de la protección de Mina, y extendió ambas manos.
—No disparen —dijo Kai, aunque no había nadie que lo escuchara—. Disipen.
En un acto que desafiaba toda lógica rúnica, Kai no bloqueó los disparos; los "deshilachó". Su habilidad de vacío entró en contacto con el plasma enemigo, y en lugar de explotar, la energía se descompuso en partículas elementales inofensivas que simplemente se desvanecieron en el aire. La energía residual del disparo fue succionada hacia el cristal de Kai, que comenzó a brillar con una luz blanca que no proyectaba sombras.
Las torretas, privadas de la energía que las alimentaba, se apagaron y cayeron al suelo con un estruendo metálico. El pasillo quedó en silencio, salvo por la respiración agitada de Mina y el zumbido constante que emanaba del propio cuerpo de Kai.
—¿Qué fue eso? —preguntó Chispa, uno de los descartes, mirando a Kai con un terror reverencial—. Eso no fue un escudo. Eso fue... eso fue borrar el ataque de la existencia.
—El vacío no destruye la energía —explicó Kai, sintiendo cómo el cansancio lo golpeaba como una maza—, simplemente la devuelve al estado antes de que fuera creada.
—Estás sangrando de nuevo, Kai —señaló Lian, señalando el cuello del chico, donde vetas negras empezaban a subir desde la base de su cristal hacia su barbilla.
—No importa —dijo Kai, volviéndose hacia la compuerta final del Nivel 12—. Thorne nos está esperando. Y después de esto, nada volverá a ser lo mismo.
Se acercaron a la entrada de la Sala de Servidores. No había guardias. No había torretas. La puerta estaba entreabierta, como si alguien los estuviera invitando a entrar en su propia tumba. Kai respiró hondo, su mente conectando con la estructura del servidor central. Podía sentir el peso de los miles de registros, la carga de las almas atrapadas y, sobre todo, podía sentir el portal.
Un portal que no estaba hecho de energía, sino de una herida en la realidad misma.
—Cuando entremos —dijo Kai a los demás—, no se separen. Thorne intentará fragmentar nuestra percepción. Mantengan la mano sobre el hombro del que tienen al lado. Si pierden el contacto, pierden el sentido de dónde termina su cuerpo y dónde empieza la nada.
Mina agarró el hombro de Kai, y Lian agarró el de Mina. Los descartes se organizaron en una fila tensa, con el miedo y la determinación grabados en sus rostros. Kai empujó la puerta y el aire que escapó del interior no estaba frío; estaba cargado de un calor seco, el calor de un mundo moribundo.
Entraron en la sala. El servidor central estaba rodeado por un anillo de cristales negros que giraban a una velocidad vertiginosa. Y allí, en el centro, sentado frente a una consola que parecía un altar, estaba el Director Thorne. No estaba armado. No estaba defendido. Solo estaba observando una pantalla donde el "Sujeto Cero Absoluto" parpadeaba en rojo brillante.
—Han tardado más de lo que esperaba —dijo Thorne sin darse la vuelta—. Pero al final, la curiosidad siempre gana a la supervivencia. ¿Verdad, Kai?
Kai dio un paso al frente, sintiendo cómo el suelo bajo sus pies se volvía blando, como si estuviera caminando sobre cenizas en lugar de baldosas rúnicas.
—Se acabó, Thorne. Apaga el portal. No vas a usar a nadie más como combustible.
Thorne se giró lentamente. Sus ojos no eran los de un hombre, sino los de algo que había estado observando el vacío durante demasiado tiempo.
—¿Tú crees que esto es una decisión mía, chico? Yo soy solo el arquitecto que pone los cimientos. Pero el edificio... el edificio siempre ha tenido un dueño. Y él ha estado esperando a un pilar con tu pureza desde el principio de los tiempos.
En ese momento, el suelo debajo de Mina, Lian y los otros descartes simplemente desapareció, succionándolos hacia una dimensión paralela. Kai intentó alcanzarlos, pero una barrera de energía negra lo mantuvo atrapado frente a Thorne.
—Bienvenido a casa, Kai —dijo Thorne—. Es hora de que descubras qué significa realmente ser un Trascendental.