El aire en el Distrito Norte se sentía distinto después de la incursión en la biblioteca. Ya no era solo el hedor a metal oxidado y químicos; ahora estaba cargado con una electricidad estática que le provocaba un sutil hormigueo en la nuca a Kai. Caminaban a través de las alcantarillas principales, una red de túneles que la Academia consideraba tan tóxica que ni siquiera sus drones se molestaban en patrullar.
—No entiendo cómo no nos han encontrado —susurró Lian, mientras sus dedos bailaban sobre una tableta improvisada que proyectaba un mapa tridimensional de la ciudad—. He estado monitoreando las frecuencias de los Cazadores. Están pasando a centímetros de nuestras cabezas, pero es como si fuéramos invisibles. El radar les indica que estamos allí, pero cuando sus sensores enfocan, solo ven estática.
Kai, que caminaba al frente, no se volvió. Su mirada estaba fija en la oscuridad del túnel, pero sus sentidos estaban desplegados como una telaraña. —No es que seamos invisibles, Lian —explicó con una voz que sonaba extrañamente metálica—. Estoy proyectando una "falsa frecuencia" en un radio de diez metros. Para ellos, el espacio que ocupamos es un vacío absoluto, una zona muerta en el mapa. Pero mantenerlo requiere un esfuerzo constante.
—¿Y qué pasa si te agotas? —preguntó Mina, cerrando la retaguardia con su arma lista.
—Entonces el velo caerá —respondió Kai sin más preámbulos.
La realidad era que Kai estaba al límite. La integración del "Vacío" que absorbió en la arena estaba haciendo cambios drásticos en su estructura interna. A veces sentía que sus recuerdos —la vida de un chico Rango F que siempre había sido menospreciado— se estaban fusionando con algo más frío, algo más antiguo. No le gustaba, pero no tenía tiempo para dilemas morales. Thorne estaba moviendo piezas y él necesitaba una fuerza propia.
Llegaron a una pesada puerta de acero reforzado que parecía haber sido soldada desde el interior. Kai golpeó tres veces con un ritmo específico: dos golpes cortos, uno largo, uno corto. Tras un momento de tensión en el que los sensores de Lian detectaron un escaneo térmico oculto, la puerta se deslizó hacia un lado con un chirrido agónico.
El refugio era un antiguo almacén de piezas de repuesto rúnicas que Lian había estado transformando durante meses. Dentro, no estaban solos. Había otros. Eran los "descartes": estudiantes de bajo rango, trabajadores de los niveles inferiores y desertores de la Academia que habían sido marcados como "fallos del sistema".
—¡Kai! —una joven de cabello corto, con un brazo mecánico que apenas funcionaba, se acercó cojeando—. Dijeron que habías muerto en la Gran Criba. Los monitores oficiales de la Academia mostraron tu ejecución.
—La Academia miente —dijo Kai, entrando en el refugio—. No me ejecutaron porque no pudieron, y ahora están buscando a cualquiera que tenga suficiente curiosidad para preguntar por qué.
Había unas veinte personas en el almacén. Todas tenían algo en común: la marca del descarte, el cristal gris o inexistente, y una mirada de cansancio que ocultaba un odio visceral hacia los muros de obsidiana que los rodeaban.
—¿Qué quieres de nosotros, Kai? —preguntó un chico más grande, un Rango D que había sido expulsado tras una "accidente" en el laboratorio—. ¿Quieres que muramos por ti?
Kai se subió a una caja de metal, dominando la estancia. No buscaba seguidores, buscaba piezas para un plan que apenas comenzaba a bosquejar en su mente.
—Thorne no solo nos está expulsando, nos está usando —la voz de Kai, amplificada por el eco del almacén, captó la atención de todos—. Están usando nuestras vidas para alimentar un puente hacia un mundo de cenizas. Cada uno de nosotros es un componente en su máquina de guerra. La pregunta no es si quieren morir por mí, sino si quieren dejar de ser combustible para el monstruo que está devorando nuestra realidad.
El silencio fue absoluto. Kai comenzó a proyectar en la pared principal los datos que Lian había logrado descargar de la biblioteca. Los registros genéticos, las fotos de los estudiantes desaparecidos, el diagrama del proyecto [Cero Absoluto]. La rabia estalló en el almacén como una chispa en un barril de pólvora.
—Esto es un suicidio —dijo el Rango D, pero su voz temblaba de furia, no de miedo.
—Es una guerra —corrigió Kai—. Y si vamos a pelear, no lo haremos como descartes, sino como una Legión. Lian, muéstrales las debilidades del Sector 4. Mina, quiero que empieces a entrenarlos para las incursiones de guerrilla. Vamos a desmantelar la red de la Academia, nodo a nodo.
Mientras el grupo empezaba a organizarse, Kai se retiró a un rincón, sintiendo cómo sus rodillas cedían. Su cuerpo no aguantaba más la carga.
—Kai, estás sangrando —dijo Mina, apareciendo a su lado con un botiquín.
Kai miró su mano. La sangre que goteaba de su nariz no era roja; era de un color azul profundo, casi negro. Su propio cuerpo estaba siendo alterado por la energía que había absorbido.
—No es nada —mintió él, aunque su visión se nublaba—. Mina, si en algún momento dejo de ser yo... si el Vacío toma el control... quiero que me mates.
Mina se detuvo. Sus ojos encontraron los de Kai con una intensidad brutal. —No me pidas eso. Somos un equipo. Si el Vacío intenta tomar el control, nosotras —señaló a Lian que estaba trabajando frenéticamente— te traeremos de vuelta, cueste lo que cueste.
Antes de que Kai pudiera responder, Lian se acercó con una expresión de absoluto terror. —Kai... tienes que ver esto. He logrado interceptar una transmisión de largo alcance. No viene de la Academia. Viene de arriba. De los niveles de autoridad suprema.
Lian giró su terminal. Era un mensaje cifrado, pero con sus nuevos sentidos, Kai pudo ver los patrones ocultos detrás de las líneas de código.
«El sujeto Caballero ha manifestado resonancia de Categoría Origen. El protocolo "Purga Total" ha sido activado. El Arconte no esperará. La sincronización se hará por la fuerza en menos de 48 horas.»
—48 horas —susurró Kai—. Thorne no va a esperar a que entremos en la biblioteca. Va a convertir toda la Academia en una trampa masiva.
Kai se levantó, sintiendo cómo su energía se estabilizaba, cómo el "Vacío" se asentaba en su núcleo como una bestia dormida que esperaba una orden. Ya no era el chico que calculaba fracciones de segundo para esquivar golpes. Era el hombre que calculaba la caída de un imperio.
—Si quieren una purga —dijo Kai, mirando a su improvisada Legión—, les daremos un infierno. Lian, ¿puedes sobrecargar los generadores rúnicos de la Academia para que explotemos todas las celdas de contención al mismo tiempo?
Lian asintió con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. —Necesitaré acceso directo a la red central. Tendremos que estar a menos de cien metros de la torre de Thorne.
—Entonces eso es lo que haremos —Kai miró a Mina—. Mina, arma a los descartes. Lian, prepara el código. En 48 horas, Nova Chronos dejará de ser una Academia. Va a arder hasta los cimientos.
El "Cero Absoluto" ya no era solo su rango. Era la temperatura a la que planeaba congelar las ambiciones de Thorne. La guerra había pasado de una huida a un asalto total, y por primera vez, el sistema tenía algo que temer: un error que se había negado a ser borrado.