La Academia Nova Chronos no amanecía; se activaba.
A las seis de la mañana, las torres de obsidiana que daban forma al campus principal comenzaron a vibrar con una frecuencia subsónica que erizaba el vello de los brazos. Era el despertar de los motores rúnicos, gigantescas máquinas que succionaban el maná del ambiente para mantener los escudos y las arenas de entrenamiento. Para los Rangos S, ese sonido era una melodía de poder. Para Kai, era el recordatorio de que el tiempo de esconderse se había agotado.
Hoy era el día de la Gran Criba.
Kai caminaba por el patio principal, sintiendo el peso del mundo sobre sus hombros. A su alrededor, cientos de estudiantes se preparaban. Algunos hacían gala de sus habilidades: llamas azules que bailaban entre los dedos, ráfagas de viento que levantaban el polvo, o cuerpos que se volvían densos como el diamante. Kai, en cambio, solo llevaba su uniforme raído y una pequeña mochila con herramientas de reparación básica.
—Miren a quién trajo el viento —una voz femenina, profunda y cargada de una extraña mezcla de irritación y curiosidad, detuvo a Kai—. El chico que cree que puede ganar una guerra con una regla de cálculo.
Kai se detuvo y giró la cabeza. Frente a él estaba Mina.
Mina era lo opuesto a Kai en todos los sentidos imaginables. Alta, de hombros anchos y con una melena de cabello negro azabache atada en una coleta alta, irradiaba una energía que hacía que el aire a su alrededor se sintiera pesado. Su Cristal de Sincronía brillaba con un naranja intenso, el color del Rango A. Ella era conocida como "La Rompe-Muros", una guerrera de fuerza bruta pura que prefería destrozar los problemas antes que entenderlos.
—Mina —asintió Kai con cortesía fría—. Tu ritmo cardíaco está un 15% por encima de lo normal. Si no calmas tu flujo de maná antes de que comience la prueba, desperdiciarás tu reserva inicial en los primeros tres minutos.
Mina frunció el ceño y se acercó un paso, invadiendo el espacio personal de Kai. Era casi de su misma estatura, pero su presencia física lo hacía parecer mucho más pequeño.
—No necesito tus consejos de laboratorio, cuatro-ojos —gruñó ella, aunque Kai no usaba gafas—. He visto lo que Vax te hizo ayer en el callejón. Deberías haberte quedado en tu agujero. Hoy no habrá profesores para detener los golpes. La Criba es "limpieza social", Kai. Los de arriba quieren que los de abajo desaparezcan.
—Lo sé —respondió Kai, cruzando los brazos—. Pero el sistema tiene fallas. Incluso una pared de acero se dobla si golpeas el punto de tensión correcto.
Mina soltó un bufido que era mitad risa y mitad desprecio. —Tú no golpeas puntos de tensión, Kai. Tú apenas puedes levantar un martillo. Si te veo en la arena y las cosas se ponen feas... —Mina dudó por un segundo, desviando la mirada—, no esperes que te salve. En este lugar, la debilidad es contagiosa.
—No te lo pediría —dijo Kai, dándose la vuelta para seguir su camino—. Solo asegúrate de no estar cerca cuando el sistema empiece a fallar. No querría que los escombros te golpeen.
Mina se quedó mirando su espalda, desconcertada. Había algo en la voz de Kai, una calma gélida que no encajaba con un Rango F que estaba a punto de ser sacrificado.
El Auditorio Central era una estructura colosal de gradas ascendentes que rodeaban una fosa de arena blanca infundida con cuarzo rúnico. En el palco superior, protegido por un cristal reforzado, el Director Thorne observaba a los estudiantes con la frialdad de un entomólogo estudiando insectos en un frasco.
—Bienvenidos a la Gran Criba —la voz de Thorne se amplificó mágicamente, llenando cada rincón del estadio—. Hoy, Nova Chronos recuerda su propósito: la excelencia. Solo los fuertes tienen derecho a consumir los recursos de la humanidad. Los que fallen... bueno, el servicio a la ciudad tiene muchas formas.
Un escalofrío recorrió la espalda de Kai. Sabía lo que significaba ese "servicio". Era el código para los experimentos de alma que el espía del Soberano mencionaría mucho después.
—¡Primera prueba: Resistencia de Sincronía! —anunció un instructor—. ¡Entren a la fosa!
Kai, Mina, Vax y otros cincuenta estudiantes bajaron a la arena. En el centro, una esfera de metal negro comenzó a flotar, emitiendo pulsos de energía roja que barrían la superficie.
—La regla es simple —gritó el instructor—. La esfera emitirá ondas de choque de maná. Si su Cristal cae por debajo del 1%, quedan eliminados. La intensidad aumentará cada sesenta segundos. Comiencen.
La primera onda golpeó como una bofetada de aire caliente. Muchos estudiantes de Rango C y D se tambalearon, sus cristales parpadeando con esfuerzo. Mina permaneció inmóvil, sus pies hundidos en la arena como si fuera parte del suelo. Vax sonreía, absorbiendo la energía para alimentar su propia aura cinética.
Kai, sin embargo, cerró los ojos.
[Sincronía de Desfase Activa] Frecuencia de onda: 440 Hz. Intervalo de pulso: 1.5 segundos. Puntos de baja presión detectados: 3 metros a la izquierda, detrás de la columna de cuarzo.
Kai no resistió la onda. No usó su maná para protegerse. En su lugar, comenzó a moverse. Sus pasos eran precisos, casi rítmicos. Se desplazaba por la fosa con una gracia mecánica, posicionándose exactamente donde las ondas de choque interferían entre sí y se anulaban.
Para los espectadores, parecía que Kai estaba bailando entre los ataques por pura suerte. Pero para Thorne, que observaba desde arriba, algo no cuadraba.
—Ese chico —murmuró Thorne, inclinándose hacia adelante—. Su cristal sigue marcando gris. No está emitiendo ninguna firma de defensa. ¿Cómo es que sigue en pie?
—Es solo un error estadístico, señor —respondió un asistente—. Se está escondiendo en los puntos ciegos del algoritmo de la esfera.
Thorne no respondió. Sus ojos se fijaron en la lectura de energía de la sala. Había una pequeña distorsión, una "sombra" en el flujo de maná que rodeaba a Kai. No era que el chico estuviera resistiendo el poder; era como si el poder lo ignorara, como si Kai no perteneciera al mismo plano de existencia que el resto.
Tras cinco minutos, solo quedaban diez estudiantes en la arena. La esfera de metal se volvió de un color violeta oscuro, y la presión se volvió tan intensa que el aire empezó a oler a ozono quemado.
Vax estaba sudando, su arrogancia reemplazada por una mueca de esfuerzo. Mina tenía los dientes apretados, sus nudillos blancos mientras mantenía su barrera naranja. Pero Kai... Kai estaba empezando a sentir algo nuevo.
En lo profundo de su mente, el susurro regresó. Pero esta vez no era una voz externa. Era una vibración que emanaba de su propio ADN.
"Categoría... Origen... detectada..."
De repente, la esfera emitió un pulso masivo, una onda de choque diseñada para finalizar la prueba y dejar solo a los mejores. Era una pared de energía violeta que avanzaba con la fuerza de un tsunami.
—¡Cuidado! —gritó Mina, viendo que Kai estaba directamente en la trayectoria.
Kai no se movió. No podía. Sus pies estaban clavados al suelo, pero no por miedo. El medidor rúnico en su muñeca estalló en mil pedazos, incapaz de procesar lo que estaba ocurriendo.
El tiempo no se detuvo; se rompió.
Por un milisegundo, la onda de energía violeta golpeó a Kai. Pero en lugar de lanzarlo por los aires o drenar su cristal, la energía simplemente se detuvo. Los presentes vieron algo imposible: una pequeña esfera de luz blanca pura envolvió a Kai. La onda de choque se curvó alrededor de él, como si hubiera golpeado una roca inamovible en medio de un río.
Fue solo un instante. Un eco.
La onda pasó, eliminando a todos excepto a Mina, Vax y Kai. El silencio en el estadio era tan denso que se podía escuchar el goteo del sudor sobre la arena.
Kai cayó de rodillas, jadeando. Su cristal gris no brillaba, pero emitía un calor que le quemaba la piel. Había absorbido una fracción de la energía de la prueba, pero no la había convertido en maná. Se sentía... pesada. Oscura. Como si hubiera robado un fragmento de algo que no pertenecía a este mundo.
—¿Qué... qué demonios fue eso? —preguntó Vax, temblando mientras se apoyaba en sus rodillas.
Mina caminó hacia Kai, sus ojos abiertos de par en par por la incredulidad. —Kai... tú... tú no hiciste nada. La energía simplemente... se rindió ante ti.
Kai levantó la mirada. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos grises tenían un destello metálico que no estaba allí antes.
—No se rindió, Mina —susurró Kai, con una voz que no parecía la suya—. Se sincronizó.
Arriba, en el palco, Thorne se puso de pie lentamente. Su mano temblaba de emoción, no de miedo. —Preparen el laboratorio de la Sección 7. Ya no es una sospecha. Ese chico no es un Rango F. Es el pilar que el Arconte ha estado esperando. Que empiece la fase de captura.
Kai sintió una mirada clavada en su nuca. Miró hacia arriba, directamente a los ojos de Thorne. En ese momento, no hubo cálculos, ni vectores, ni probabilidades. Solo hubo una certeza: la cacería había comenzado, y el "descarte" acababa de convertirse en la presa más valiosa del universo.